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Mujeres pasan frente a un mural de Hugo Chávez en Caracas, Venezuela. (Edilzon Gamez/Getty Images)

De Chávez a Maduro, a 30 años del 4F. ¿Perdura la figura del antiguo pre en la Venezuela actual o se atreverán a enterrarla?

Este 4 de febrero se cumplirán 30 años del fracasado intento de golpe militar impulsado por el entonces teniente coronel Hugo Chávez contra el presidente Carlos Andrés Pérez en 1992. Lo que fue un fracaso desde el punto de vista militar terminó convirtiéndose, para Chávez y sus simpatizantes, en una evidente victoria política tras obtener el triunfo en las elecciones presidenciales de 1998, que llevaron al poder al chavismo y su propuesta de Revolución Bolivariana, posteriormente transformada en un nuevo paradigma: el Socialismo del Siglo XXI.

Se puede afirmar que, desde 1992 y con el antecedente de la revuelta popular del  «Caracazo» en 1989, Venezuela entró en un ritmo vertiginoso de cambios, tensiones, transformaciones y polarización constante hasta convertirse progresivamente en la crisis hemisférica más aguda de los últimos años. Lo que en su momento constituyó un esperanzador proceso de cambio con Chávez se fue diluyendo en un laberinto sin salida para la estabilidad del país.

Esa crisis también ha estado signada por las tensiones políticas derivadas por una extremada polarización social que generó el chavismo, un aspecto que imposibilita la definición de una solución de consensos. Esto ha derivado en agudos pulsos institucionales orientados a determinar la legitimidad política y una crisis económica sin precedentes, cuyo resultado ha sido el éxodo de más de seis millones de venezolanos en el país con las mayores reservas de petróleo y gas natural.

Tres décadas después del fracasado intento de golpe militar de Chávez, es necesario abordar una reflexión en clave retrospectiva y una radiografía de lo que ha significado este período del chavismo en el poder para el futuro de Venezuela.

 

El fenómeno Chávez: Revolución, más populismo y génesis del neoautoritarismo

¿Cuál ha sido el significado de la aparición de Chávez para Venezuela en particular y América Latina en general? Definir al chavismo y su inicial propuesta de la Revolución Bolivariana ha sido una constante en la bibliografía y el análisis sobre un fenómeno tan particular como inquietante.

En Chávez y el chavismo se ha observado una preponderancia del factor populista motorizado por el sector militar, en este caso rangos medios de las Fuerzas Armadas venezolanas, descontentos con el bipartidismo establecido desde el Pacto de Punto Fijo de 1961 por los partidos políticos Acción Democrática (de cariz socialdemócrata) y COPEI (demócrata cristiano), y que configuraron el retorno a la democracia «consensual» por ese bipartidismo tras la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez (1948-1958).

A pesar de su retórica discursiva de apelación al «pueblo», la Venezuela de Chávez a partir de 1998 comenzó a transitar por una versión de «populismo militar» inédita en la historia contemporánea venezolana, pero que ya había sido experimentado con anterioridad en América Latina (peronismo, varguismo, torrijismo, entre otros) e incluso en otras latitudes (nasserismo en el mundo árabe). Con Chávez se altera así el equilibrio cívico-militar vigente durante la era «puntofijista» hasta 1998, cuando ese sistema ya daba síntomas de crisis de legitimidad.

Por tanto, la apuesta de Chávez por transformar los cimientos constitucionales e institucionales, plasmados en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (1999) impulsó un cambio esperanzador para las clases populares, en particular en lo relativo al reparto de la riqueza petrolera, la mejora de sus condiciones materiales de vida y el ascenso de nuevos mecanismos de participación política.

Desde el punto de vista del estilo político, Chávez basó gran parte de su popularidad en su enorme carisma, con tintes de demagogia y mesianismo al compatibilizar su «revolución bolivariana» con las ideas del Libertador Simón Bolívar, considerado como el «Padre de la Patria», figura icónica de la independencia y la identidad nacional de Venezuela. Esta simbiosis del chavismo con el bolivarianismo implicaba así una narrativa tendente a captar el apoyo de las clases populares, con tintes incluso pseudo-religiosos conectados con las creencias populares.

Esta propuesta creó una arquitectura política e institucional igualmente inédita, con cinco poderes públicos amparados constitucionalmente (ejecutivo, legislativo, judicial, ciudadano y electoral) y una serie de prerrogativas que potenciaban el «poder popular» y la «democracia participativa».

No obstante, esa arquitectura legal fue reforzando progresivamente el poder presidencial a tal punto de alcanzar tintes «neoautoritarios», con escasa vocación por mantener los contrapesos institucionales. En el chavismo se recrea así el germen de lo que académicos como Fareed Zakaria, Marina Ottaway y Anne Applebaum han tipificado como los regímenes «iliberales» y «autoritarios competitivos democráticamente», aquellos que emplazan una democracia en crisis para asentarse en el poder.

En este sentido, y con no menos tensiones motivadas por la polarización social y política (golpe de abril de 2002 que le apartó brevemente del poder; huelga petrolera de 2002-2003; revocatorio de 2004) el chavismo ha competido electoralmente (y con notable éxito) con diversas plataformas de partidos opositores, sin menoscabar tampoco la confrontación con medios de comunicación críticos con el régimen. De este modo, el chavismo viabilizaba un proyecto «neoautoritario» bajo un cierto prisma de democracia.

Tras su victoria en el Referéndum Revocatorio de 2004 (un instrumento constitucional inédito en Venezuela), Chávez impulsó el trasvase de su Revolución Bolivariana hacia un nuevo sendero: el Socialismo del Siglo XXI. Imperaba ahora un paradigma ideológico que le acercaba aún más a su aliado estratégico hemisférico: Cuba, lo cual generó igualmente tensiones y acentuó la polarización. Este proceso aceleró las misiones sociales del chavismo en las áreas populares y la perspectiva de creación de un Estado Comunal.

El chavismo logró atenuar levemente esa polarización amparado en los elevados precios del petróleo (superiores a 100 dólares americanos el barril) durante el período 2005-2010, logrando así procrear una nueva élite empresarial y económica, coloquialmente denominada «boliburguesía«. Esta oligarquía políticamente sujeta a Chávez y económicamente de la renta petrolera, recordaba la «Venezuela saudí» de la década de 1970, constituyendo irónicamente una especie de «criatura contra natura» de las ideas socialistas de Chávez.

Con el tiempo, la simbiosis del proceso «revolucionario» pasó paulatinamente a sellar el destino de Chávez hacia dos vertientes claramente contrapuestas: el apoyo «pseudo-religioso» que le proferían las clases populares esperanzadas en su líder carismático; y el poder in crescendo de la oligarquía «boliburguesa» que se enriquecía a pasos acelerados por la nueva «geometría del poder chavista«. La muerte de Chávez en 2013, significó una especie de parteaguas que inauguraba una nueva era «poschavista» repleta de incertidumbres para Venezuela.

 Girando el globo: la política exterior chavista

Todo proceso revolucionario que se precie necesita de una activa política exterior. Chávez lo tuvo muy presente desde sus comienzos pero, quizás con mayor nitidez, esa perspectiva sobre la importancia geopolítica de Venezuela la tuvieron también sus aliados exteriores, principalmente Cuba, China, Rusia e Irán. A tal punto fue que el chavismo fraguó un cambio tectónico e inédito en las relaciones exteriores venezolanas, tradicionalmente ligadas a EE UU y Europa Occidental, en particular por su condición de país exportador de petróleo y por su estabilidad democrática durante el período «puntofijista» (1961-1998).

Cuba tuvo el foco de mayor interacción con la política exterior chavista, particularmente a través de la Asociación Estratégica iniciada en 2000, con el intercambio de petróleo venezolano por misiones sociales cubanas, en particular en educación y salud. Este formato de estrecha asociación entre Caracas y La Habana se ha mantenido inalterable en estas dos décadas del chavismo en el poder, ampliando las esferas de cooperación hacia sectores energéticos, económico-empresariales, militares y de inteligencia. Del mismo modo, Cuba traspasó a Chávez su plataforma de redes de apoyo exterior, especialmente con el viraje del chavismo hacia el Socialismo del Siglo XXI.

HAVANA, CUBA – Abril-21 : The president of Cuba, Miguel Díaz-Canel(R), participates in the talks with his Venezuelan counterpart Nicolas Maduro (L), today April 21, 2018 in Havana, Cuba. Maduro is the first president to be received by the new president of the island Diaz-Canel on Abril y 21, 2018 in Havana, (Photo by Ernesto Mastrascusa/Getty Images/POOL)

Durante el período de Chávez en el poder (1999-2013), su política exterior se basó principalmente en la construcción de nuevos bloques de poder que sirvieran no sólo para  romper la hegemonía estadounidense sino para disminuir la presión de Washington hacia el chavismo. El objetivo también se focalizaba en la posibilidad de que Venezuela liderara un proceso antihegemónico estadounidense, multipolar y multilateral, que le sirviera así mismo para exportar su modelo revolucionario bolivariano y socialista.

Para ello contó con el apoyo estratégico cubano, pero también de aliados como Rusia, China e Irán a través de una activa participación venezolana en distintos foros internacionales, aspecto que le imprimió a la diplomacia chavista un cariz absolutamente global.

Antes de llegar al poder en 1998, Chávez contó durante un tiempo con el asesoramiento del sociólogo argentino Norberto Ceresole, de conocidos vínculos con movimientos militaristas en América Latina e incluso con el fundamentalismo islámico vía Irán y el movimiento libanés Hezbolá. Aunque su influencia no fue tan efectiva en los altos círculos chavistas (fue expulsado dos veces de Venezuela, en 1994 y 1998), su  concepción geopolítica de crear «bloques de fragmentación» de la hegemonía estadounidense a través de la alianza con el eje Rusia-China-Irán sí terminó generando una influencia decisiva en la geopolítica de Chávez.

Con el asesoramiento cubano, Chávez fomentó por tanto una activa diplomacia internacional orientada hacia la construcción de nuevos modelos de integración en América Latina (ALBA, CELAC, UNASUR), toda vez fortalecía alianzas geopolíticas estratégicas (China, Rusia, Irán).

Pero más allá del componente ideológico, el vector principal ha sido la potencialidad energética venezolana. La geopolítica de Chávez basada en el petróleo como herramienta de difusión tuvo un impacto considerable en la medida en que el boom petrolero acaecido tras la guerra de Irak (2003), a la que Chávez se opuso con firmeza, terminó revirtiendo a su favor al aumentar los precios del petróleo y permitirle obtener los recursos necesarios para expandir su revolución, principalmente a nivel hemisférico. Fueron los “años dorados” de la política exterior chavista (2005-2011), donde la mezcla de ideología y geopolítica petrolera funcionó con efectividad.

Pero el traspaso de poder de Chávez a su sucesor Maduro en 2013 ha conformado un panorama exterior diametralmente distinto. El poschavismo se ha visto retraído en su acción exterior, sumamente dependiente de la asistencia financiera y el apoyo geopolítico de China y Rusia, a los que se han unido también otros actores como Irán y Turquía.

Iniciativas “estrella” de Chávez como el ALBA y la CELAC sufrieron el impacto de verse diluidos y neutralizados, toda vez la región experimentó un cambio político hacia la derecha en el período 2015-2019 en países clave como Brasil, Argentina, Chile y Colombia, y los precios de las materias primas, en especial el petróleo, se reducían en los mercados internacionales.

A todo ello debe agregarse el estado de deterioro de la industria petrolera venezolana, lastrada por la falta de inversión en tecnología e infraestructuras. De los más de tres millones de barriles diarios que producía PDVSA, la estatal de petróleo venezolana, se ha pasado a poco más de 600.000 b/d. Esto ha provocado crisis energéticas a nivel nacional en el país con las mayores reservas de petróleo y gas natural a nivel hemisférico. Hasta Cuba ha tenido que afrontar un nuevo “período especial de crisis” motivado por el «semicolapso» petrolero venezolano.

La perspectiva es que hoy, en 2022, Venezuela es un país que ha sufrido un fuerte aislamiento a tenor de las sanciones impuestas desde 2014 por las distintas administraciones de Barack Obama, Donald Trump y Joseph Biden desde Washington por violaciones de derechos humanos, corrupción y vínculos con el narcotráfico y el terrorismo (en especial la guerrilla de las FARC colombianas y movimientos islamistas como el libanés Hezbolá y el palestino Hamás) por parte de altos cargos del régimen de Maduro.

Los nexos con Rusia, China e Irán le han permitido al régimen de Maduro sortear este aislamiento exterior a través de intensos acuerdos de cooperación financiera, económica, energética e incluso militar en el caso ruso.

Del mismo modo, la crisis institucional y política iniciada en enero de 2019 con la autoproclamación de Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, como «legítimo presidente interino» de Venezuela, tras denunciar la ilegitimidad del nuevo mandato presidencial iniciado por Maduro tras las elecciones de mayo de 2018 ahondó el aislamiento exterior de Maduro. Guaidó recibió un fuerte espaldarazo de la Administración Trump y el reconocimiento de unos 60 países, toda vez Maduro era reconocido como presidente legítimo por una veintena de naciones, liderados por Rusia, China, Cuba e Irán.

Esta bicefalia de poder y de reconocimientos exteriores tanto para Maduro como para Guaidó dificultó la consecución de consensos para solucionar la crisis, a pesar de las distintas negociaciones realizadas desde mediados de 2019 en Barbados y en 2021 en México. No obstante, la ficción de la presidencia interina de Guaidó y su incapacidad para superar el pulso político e institucional con Maduro le permitió a éste no sólo seguir en el poder sino aumentar sus apoyos hemisféricos tras el viraje hacia la izquierda a partir de 2019 en países como Argentina, Bolivia y ahora Chile.

 

Mirando al horizonte: ¿sobrevivirá el chavismo a Chávez?

La Venezuela de 2022 dista mucho del sueño alguna vez pretendido por Hugo Chávez. La revolución, aunque sigue en el poder, no ha logrado sus objetivos reales de transformación de Venezuela hacia una «potencia regional». Más bien, esa pretensión inicial se ha diluido hacia una crisis hemisférica sin precedentes.

El país sigue observando notables visos de polarización y de escasos niveles de diálogo. El autoritarismo y el clientelismo político se han hecho evidentes a través de un régimen que desprecia los contrapesos institucionales propios de una democracia efectiva y que sólo los tolera cuando les provee de tácticos espacios de negociación para mantenerse en el poder.

La crisis económica ha explotado el nivel de pobreza (aproximadamente un 90% de la población) que el propio chavismo prometió en su momento superar, convirtiendo  a Venezuela en un emisor de emigrantes, un éxodo que hoy se acerca a los seis millones de personas, según datos de la ONU.

La dolarización de facto se ha impuesto ante una moneda nacional prácticamente inexistente. Dos décadas de chavismo en el poder han traducido notorios problemas de legitimidad política, hoy visibilizados en las figuras de Maduro y Guaidó.

La presencia de redes criminales internacionales y de movimientos insurgentes (FARC, Hezbolá) controlando esferas territoriales del país han configurado la posibilidad de que Venezuela se esté convirtiendo en una especie de Estado fallido. No hay que olvidar que Maduro es el primer y hasta ahora único presidente en funciones a nivel hemisférico en ser investigado por la Corte Penal Internacional (CPI) por crímenes de lesa humanidad y violaciones de derechos humanos.

No obstante, Maduro pareciera iniciar una etapa de fortalecimiento del madurismo como nueva estructura de poder que progresivamente logre desplazar la otrora preponderancia del chavismo, ya no tanto desde las clases populares (donde la figura de Chávez sigue teniendo una importante popularidad), sino más bien a través de la «boliburguesía» emergente y las nuevas oligarquías del poder.

Un nuevo status quo de poder parece estar emergiendo con un Maduro que lleva casi una década en el poder y que enfila sus objetivos a una nueva reelección presidencial en 2024 y un nuevo período en el poder hasta 2030. El objetivo del madurismo pareciera trazarse en «pasar página» de esta convulsa década 2013-2022 en aras de «normalizar» una situación que le permita proveerse de un grado de legitimidad exterior y de margen de maniobra política interna.

CARACAS, VENEZUELA – NOVEMBER 21: A man casts his vote at the polling station during the regional and local elections in Caracas, Venezuela, on November 21, 2021. More than 20 million people will vote in 23 governorship and 335 mayorship contests. Meanwhile, Venezuela’s opposition will contest regional elections on Sunday for the first time in nearly four years. (Photo by Pedro Rances Mattey/Anadolu Agency via Getty Images)

Incluso el propio Maduro pareciera ya atreverse sin complejos a sepultar la simbólica figura de Chávez, tal y como se vio en los pasados comicios regionales de noviembre de 2021. En esas elecciones regionales, el chavismo perdió a manos de la oposición un espacio simbólico: el estado Barinas, natal de Hugo Chávez y donde su familia ha venido gobernando estas dos décadas.

La derrota en Barinas es sintomática a la hora de definir el legado y la vigencia del chavismo a tres décadas de la súbita aparición de un joven teniente coronel que intentó infructuosamente el asalto al poder por vía de las armas. El 4F es hoy una fecha meramente simbólica, pero con cada vez menos eco para explicar la realidad venezolana. Tres décadas después, pareciera erigirse en el horizonte un clima de epílogo del chavismo.

https://www.esglobal.org/tres-decadas-de-chavismo-en-venezuela/

 

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